Parecía que todo estaba bien encaminado. Luego de varias tormentas parecía que el ingreso y funcionamiento de los hijos de ambos socios mejoraba. Parecía que los socios lograban retomar una relación con mayor grado de armonía. Parecía que podían permitir autonomías hasta el momento negadas.

Parecía…

Entonces surgió el tema del ingreso del último de los hijos. El menor. Reproches por la falta de información en su ingreso.

Que nadie lo avisó, que se encontraron con un hecho consumado. Que vino sin saber qué hacer, ni su sueldo. Que en todo caso se lo necesita en otra área.

Entonces las respuestas que no se hacen esperar. Que siempre lo hicimos de la misma manera. Que porqué te quejas ahora. Que acaso tenés algo en contra mío. Que porque no hablaste antes. Que porque no me llamaste y lo decís ahora.

Entonces vuelve a instalarse la disputa familiar.

Parecía que había calma y consenso.

Parecía…

¿Qué paso? ¿Se podía prevenir? ¿Cómo actuar?

Son parte de las preguntas que se plantean, en un clima de efervescencia emocional donde parecen quebrase los diques precariamente construidos.

Entre los puntos para pensar encontramos:

Saber de qué hablamos: es llamativo el modo en que un tema se transforma rápidamente en una cuestión de valorización personal y familiar, de atentado a la autoestima, en un reflotar rivalidades antiguas y luchas de poder nunca resueltas.

Tenemos que diferenciar el tema posible a ser tratado, en este caso la modalidad de ingreso de los hijos y sus reglas, de la emocionalidad arraigada en el pasado, que cambia el eje de la discusión inicial.

Cuando se pierde de vista el eje, lo que queda son los sentimientos y vivencias de las partes, los reproches nunca saldados sobre el pasado.

Al abandonar el punto central y quedar presos de reclamos viejos perdemos el futuro, no pensamos como resolver la situación. En particular por la nueva generación.

Es llamativo como las familias empresarias, con facilidad, derivan lo que podría ser un asunto a pensar y resolver, en algo más dramático que se sustenta en sentimientos familiares no encarados. Además, ninguna de las partes asume su cuota de responsabilidad, y por lo tanto, su potencial capacidad de hacer las cosas de otra manera. Alguien se presenta como hacedor de un mal, otro como mero recepcionista pasivo del hecho. Pero siempre todos tienen su cuota parte a asumir, todos colaboran a llegar a determinada situación, y todos tienen algo para hacer en el sentido de rectificar el rumbo.

De lo contrario asistimos a un mundo de buenos y malos, de búsqueda de culpables y chivos expiatorios, lo cual resulta engañoso.

Convengamos que hay un error de partida: no haber tratado y fijado reglas, en este caso, acerca del ingreso de los hijos, definición de roles y tareas, modalidad de pagos, criterios de evaluación de desempeño.

Se vive el negocio familiar como un reino: ser hijo de fundadores da derechos nobiliarios, y no supone obligaciones comunes al resto de los mortales.

Es muy importante:

Definir normas, reglas, criterios, de manera consensuada, y someterse a ellas. De tal modo que no se trata de voluntades personales, sino de “nuestra constitución” a la que nos adaptamos y revisamos periódicamente. El protocolo familiar.

Aprender a mantener conversaciones difíciles. Un arte complejo, cada vez más arduo. Aprender a reunirse a hablar, y comprender la manera de abordar temas de alta carga emocional, ya sea por sus contenidos, o por la tendencia a transformar un debate en apariencia sencillo en una batalla campal.

Saber pedir ayuda, antes que los diques desborden y las aguas arrasen lo construido con tanto esfuerzo y pasión.

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